viernes, 30 de marzo de 2012

Espinas

La conocí en la facultad hace seis semanas, cuando formaba parte del pequeño grupo de alumnos nuevos que cursaban algunas materias de años avanzados, siempre esperanzados y confundidos. Pasados los últimos días del verano encontré en sus ojos algunos juegos nuevos que tímidamente fueron mostrándose; un hada frágil, sincera, asomaba cada vez que sonreía. Cientos de papelitos secretos construyeron un castillo muy brillante en cada aula y decenas de conversaciones lo cargaron de historias. Nos conocimos, ella se fue acercando y  a mí me llevó la corriente.
La noche cayó sobre nosotros grillo a grillo, como recordándonos que el mundo existe allá en algún plano. El frío tocó su piel disparando un resoplido involuntario pero suficiente; me quité la campera negra que tanto le gustaba y le gané una sonrisa, tan bonita ella ahí con nosotros, sola. Dos horas caminamos por Capital Federal y hace una que rondábamos el Planetario: ella quería ver el show de luces que sus hermanas, aún en Santa Rosa, le habían recomendado.
En el instante en que la noche se quedó sin puchos, el calor se mostró amistoso tocando ciertos puntos de nuestra piel. Su aliento tibio me hacía sentir bien y se volcaba en mi cara cuando nos mirábamos, distanciados por la timidez y también un poco por el mutuo interés en la conversación. Habíamos hablado tanto que todos los chistes fueron correctos y todas las risas correspondidas. Le propuse pasear con la mirada y su respuesta fue un beso de esos que uno espera siempre y hasta sin querer, el oxígeno con el que se continúa jugando bajo el agua.
Un poco de sus labios para hacer desaparecer el frío, una pizca de las cosquillas de sus pestañas para viajar al universo que nos quedará pintado. Sentí su presencia penetrando mi mundo con su perfume, instalándose para siempre en el césped, el murmullo de los autos, las luces de colores. Miré el cielo como consecuencia de sus aventuras en mi cuello, sonriendo con fuerza y sabiéndome por eso confundido. Nunca usé reloj, pero pedí en silencio la descompostura del tiempo. Me quise ahí para siempre, con mi cuerpo derramando felicidad y buscándome en sus ojos negros, fuera y dentro de mi mente.
La oí quitándose parte de la primer máscara cuando, abrazados, hablamos de nuestros planes. Sentí su sonrisa volverse sincera, sus manos más delicadas, su piel más suave. Noté sus palabras soltando sentencias cada vez con menos fuerza, desenvolviéndola con presteza, desprotegiéndola adrede. Olí su miedo y la abracé como si así pudiera resguardarla en mi pecho, cuidándola mientras aprende a cantar bajito, sólo para mí. Es difícil rodear con los brazos un alma desnuda.
Su inocencia la dejó en mis manos, durmiendo maquillada con las luces y los colores. En sus ojos cerrados encontré la paz pero nunca dejé de sentirme incómodo, pues tanta fragilidad me obligó a tener cuidado. Intenté incorporarme, pero un detalle de mi armadura tocó su ser y comenzó a sangrar. Quise acercarme para socorrerla, limpiar esa herida, salvarle la vida; cada movimiento significó un corte y las dimensiones de mi protección ya no me dejaron mover. Con esfuerzo y mucha paciencia logré cubrirla con la campera negra, esa que tanto le gustaba, y me fui silbando un tango que nunca nadie se animó a escribir.

viernes, 9 de marzo de 2012

Enemigos del tiempo

—¿Qué día es hoy? —preguntaba de lunes a lunes. En un principio creí que se trataba de un chiste, alguna especie de broma que la divertía en silencio exagerando su ingenuidad. Con el tiempo entendí que ella en verdad olvidaba esas cosas, así como también las fechas, los nombres, las caras, las comidas, sus tareas, las citas y el tiempo. Odiaba a este último por sobre todo, creyéndolo causante de sus olvidos. —Es una maldición, el tiempo. Un monstruo comevidas, una regla que no quiero respetar.

Una tormenta de verano musicalizó sus palabras cuando, bajo las sábanas, me explicó que nada de lo nuestro funcionaría si la obligaba a pensar en el porvenir. «El futuro no existe», dijo mirándome a los ojos. «Se trata de un refugio para quienes viven postergando todo, siempre con miedo a dormir poco, a cantar mucho, a vivir bien; es una esperanza vacía para quienes temen sonreír con fuerza, contagiarse la risa. Una caja gigante donde guardar todo aquello que no nos animamos a sentir hoy». Me explicó que con esto no entendía nuestra educación como inservible, ni odiaba las proyecciones, sueños o ambiciones. Todo lo contrario. Dijo que ese es el combustible del alma y que cada día debe vivirse no como el último sino como el primero. La energía con la que iniciamos el camino no debe mermar con el paso del tiempo pero, en base al reinado del mismo, es algo difícil de conseguir.

La primera vez que tomé su mano al volver de la escuela, sentí su energía recorriéndome la piel, erizándome el vello de los brazos, debilitándome los hombros. Mis pies, torpes, guiaron nuestro regreso a casa. Dos cuadras antes de llegar tropecé con la nada cuando ella, tan hermosa y sonriente, se detuvo sin soltarme. Me mostró que su otra mano también desprendía calor al posarla en mi cintura y sus labios, suaves y poderosos, me dejaron sin aliento por primera vez. Pronto fuimos novios y felices.

Sus manos eran delicadas. No débiles ni flacas, tampoco regordetas, pero sí flexibles y siempre tibias, siempre sobre mí. Su cadera fue desarrollándose al ritmo de nuestra relación y nunca dejó de ser el abrigo de mis deseos. Tanto la niña como la mujer me sorprendieron cada uno de los días de nuestra historia, los cuales acordamos vivir sin nombres. Sin su permiso festejé el primero de cada mes en honor a la tarde en que nos besamos, sendas mochilas en la espalda, ambos radiantes y a la vez algo confundidos, nervioso.

En silencio imaginé los ojos de nuestra hija recorriendo su belleza con la punta de mis dedos. Cada vez que tocaba su rostro o ansiaba sus labios la engañaba adrede, imaginando un futuro en el que sobrevivíamos juntos. La quería conmigo porque era perfecta, ideal. Me cantaba sin abrir la boca y bailaba completamente inmóvil contándome de su lucha contra el tiempo. Creía que declarándole la guerra nuestras horas durarían más que las del resto y por eso podríamos amarnos en profundidad cada día, así fuera martes, domingo o cualquier otro. Creamos una realidad en la que cada segundo valía un beso y los minutos se medían en caricias, sonrisas y una que otra canción de moda. Éramos conscientes de que nuestras reglas —por llamarlas de algún modo— sólo servían para nosotros y por eso guardábamos silencio, aceptábamos el mundo de los demás y con él nuestras obligaciones. Aún cursábamos el último año del secundario cuando nuestra burbuja se vio invadida por el peso de una realidad incompatible.

—Nos vamos a Europa a fin de año —me dijo con lágrimas en los ojos y sujetando mi brazo con firmeza. Pregunté a nadie un «¿Nosotros?» que se detuvo en mis pensamientos. Entendí que ya no habría un nosotros y eso bastó para que cada palabra, cada ilusión y cada esperanza mutaran en llanto. Vi mis planes volverse un cuento inconcluso, un viaje de ensueño trunco por falta de combustible. Nos mentimos a la cara y nos besamos como nunca. Esa tarde hicimos el amor como si cada mes que nos separaba del destino fuera a durar más de lo normal, sólo inspirados por nuestro amor sincero. Pocas semanas más tarde ya no éramos novios ni amantes, tal vez tampoco amigos.

Tras su partida comprendí que ella había sido un sueño de amor eterno, de esos que uno no olvida jamás. Marcó mi vida a fuego y me enseñó a vivirla a su manera: siendo enemigo del tiempo, siempre.