jueves, 7 de febrero de 2013
Parca
miércoles, 19 de diciembre de 2012
Ser nocturno
Ella lo odió por unos minutos. Luego se forzó a comprender, se puso en lo que quiso que fuera su lugar. Según el viento, sigue llorando. Él caminó solo, el tiempo se detuvo y sus oídos dejaron de funcionar; el vacío es un mapa difícil de interpretar. Llegó a la estación y prendió un pucho que nunca le diría nada. Se hacía de noche.
Antes de la última pitada se largó a llorar. Sospechó que los días tampoco querrían amanecer sin esos ojos.
martes, 30 de octubre de 2012
Hormigas (I)
Entonces me incorporé, abrigado por las sábanas de una cama enorme, y miré alrededor. La habitación, blanca en su totalidad y a tono con las dimensiones de aquel lecho, contaba con dos grandes ventanales a una altura completamente fuera de mi alcance. Ambos dejaban entrar la luz del sol y con ella avanzaba débilmente un mundo exterior. Las paredes se alzaban a una altura que equivalía a cinco o seis veces mi tamaño, desde donde me observaba el techo de concreto. A pocos pasos de mí había un ropero de madera oscura; hacia él me dirigí tras ponerme de pie. Cuando comencé a trastabillar sobre el parqué helado, una brisa fresca envolvió mi cuerpo desnudo. Avancé lentamente, pues mis piernas inexpertas parecían dudar de su capacidad, y enseguida logré apoyarme sobre el mueble. Abrí una de las dos puertas centrales y encontré decenas de prendas de vestir, todas del color de las paredes. Tomé una camisa y un pantalón y me los puse rápidamente. Luego busqué en dos de los cajones que estaban debajo, donde encontré ropa interior y zapatos de mi talle; había más de lo mismo en los otros cuatro compartimentos. Cuando estuve ya vestido por completo, sin emitir sonido alguno y con la mente en blanco, me senté sobre la cama. Desde allí distinguí, en el otro extremo de la habitación, una puerta que no había visto antes. La atravesé poco después.
El edificio era gigante y recorrerlo me tomó, supongo, un par de semanas; las escaleras y pasillos, de un color perla inmaculado, parecían interminables. En mis caminatas encontré comodidades: nunca me faltó comida, tampoco abrigo. Cinco o seis cocinas enormes, como todo allí, me permitieron sobrevivir con infinidad de alimentos congelados; frutas, verduras y carnes de todo tipo me esperaban pacientemente en bolsas de plástico, detrás de una puerta metálica que ocultaba un frigorífico. Por otro lado, me vistieron decenas de roperos como el de la primera habitación, todos repletos y desperdigados en cuartos idénticos al original. Pero pese a que la existencia de esos habitáculos me permitía continuar mis viajes sin sacrificar comodidad y descanso, el sueño siempre me encontró en otro lugar.
Cuando descubrí, tras una gran puerta de roble, el primer salón repleto de libros, no supe qué pensar. Avancé por los pasillos que las decenas de estanterías habían dibujado en su interior y perdí la mirada en infinidad de títulos, nombres de autores y encuadernaciones. Comprendí entonces que sabía leer, y creció dentro de mí un hambre que no pude controlar. Sin haberme detenido a pensarlo, no salí de la biblioteca por un tiempo. Engullí doce libros la primera semana. Eventualmente abrí y cerré todos los de la primera estantería y un año más tarde —esta cantidad es una mera estimación, pues desconocí durante un tiempo qué eran los días, los meses y los años, y la memoria me puede fallar— había leído más de trescientos títulos diferentes. Poco tiempo después, en base a la luz del sol y las sombras que se proyectaban dentro de la casa, dividí los días en veinticuatro horas. Luego planeé una rutina que incluía seis horas de lectura, dos de ejercicio físico y otras seis en las que intentaría escapar. Si bien no dejé de intentarlo, jamás encontré una forma de salir de aquella casa. Cientos de miles de páginas fueron mi única compañía durante casi tres años de insistencia.
Nunca me acerqué lo suficiente a una ventana ni encontré una puerta que diera al exterior. Ni siquiera al tomar los cuchillos y tenedores, cuando se me ocurrió hacer con ellos un agujero en alguna pared lo suficientemente grande como para poder salir por él, me sentí aliviado o con una mínima esperanza. Sin embargo me armé de paciencia, y cavé en el concreto a diario durante aproximadamente un mes. El agujero, en ese entonces, debía tener poco menos de un metro de profundidad, pues necesitaba estirar los brazos casi por completo para golpear la pared sin tener que meterme. Si bien era profundo, no me había tomado el trabajo de hacerlo lo suficientemente alto y ancho como para poder atravesarlo caminando. Olvidé que intentaba escapar para no pensar, al mismo tiempo, en lo estúpido que me sentía por eso. Estaba seguro de que ningún agujero me llevaría a ningún lado, y de que podría cavar por años sin que se asomara a través del concreto un ápice de luz solar. ¿Pero qué podía hacer yo, más que seguir esforzándome? Tantos libros leídos, con sus historias y descripciones, habían trasladado mi mente a un mundo totalmente fuera de mi alcance. Debía encontrar la manera de que mi cuerpo se reúna con ella. Mientras pensaba en todo esto, me quedé profundamente dormido.
jueves, 19 de julio de 2012
Gula
jueves, 14 de junio de 2012
Ventanas vacías
martes, 5 de junio de 2012
SMS
jueves, 10 de mayo de 2012
Multiverso
lunes, 9 de abril de 2012
Autocrítica
—¿La dificultad para descansar, a qué se debe?
—A la falta de autoridad— dijo ella.
Fue así que, sólo esa vez, durmió acompañado.
viernes, 30 de marzo de 2012
Espinas
viernes, 9 de marzo de 2012
Enemigos del tiempo
—¿Qué día es hoy? —preguntaba de lunes a lunes. En un principio creí que se trataba de un chiste, alguna especie de broma que la divertía en silencio exagerando su ingenuidad. Con el tiempo entendí que ella en verdad olvidaba esas cosas, así como también las fechas, los nombres, las caras, las comidas, sus tareas, las citas y el tiempo. Odiaba a este último por sobre todo, creyéndolo causante de sus olvidos. —Es una maldición, el tiempo. Un monstruo comevidas, una regla que no quiero respetar.
Una tormenta de verano musicalizó sus palabras cuando, bajo las sábanas, me explicó que nada de lo nuestro funcionaría si la obligaba a pensar en el porvenir. «El futuro no existe», dijo mirándome a los ojos. «Se trata de un refugio para quienes viven postergando todo, siempre con miedo a dormir poco, a cantar mucho, a vivir bien; es una esperanza vacía para quienes temen sonreír con fuerza, contagiarse la risa. Una caja gigante donde guardar todo aquello que no nos animamos a sentir hoy». Me explicó que con esto no entendía nuestra educación como inservible, ni odiaba las proyecciones, sueños o ambiciones. Todo lo contrario. Dijo que ese es el combustible del alma y que cada día debe vivirse no como el último sino como el primero. La energía con la que iniciamos el camino no debe mermar con el paso del tiempo pero, en base al reinado del mismo, es algo difícil de conseguir.
La primera vez que tomé su mano al volver de la escuela, sentí su energía recorriéndome la piel, erizándome el vello de los brazos, debilitándome los hombros. Mis pies, torpes, guiaron nuestro regreso a casa. Dos cuadras antes de llegar tropecé con la nada cuando ella, tan hermosa y sonriente, se detuvo sin soltarme. Me mostró que su otra mano también desprendía calor al posarla en mi cintura y sus labios, suaves y poderosos, me dejaron sin aliento por primera vez. Pronto fuimos novios y felices.
Sus manos eran delicadas. No débiles ni flacas, tampoco regordetas, pero sí flexibles y siempre tibias, siempre sobre mí. Su cadera fue desarrollándose al ritmo de nuestra relación y nunca dejó de ser el abrigo de mis deseos. Tanto la niña como la mujer me sorprendieron cada uno de los días de nuestra historia, los cuales acordamos vivir sin nombres. Sin su permiso festejé el primero de cada mes en honor a la tarde en que nos besamos, sendas mochilas en la espalda, ambos radiantes y a la vez algo confundidos, nervioso.
En silencio imaginé los ojos de nuestra hija recorriendo su belleza con la punta de mis dedos. Cada vez que tocaba su rostro o ansiaba sus labios la engañaba adrede, imaginando un futuro en el que sobrevivíamos juntos. La quería conmigo porque era perfecta, ideal. Me cantaba sin abrir la boca y bailaba completamente inmóvil contándome de su lucha contra el tiempo. Creía que declarándole la guerra nuestras horas durarían más que las del resto y por eso podríamos amarnos en profundidad cada día, así fuera martes, domingo o cualquier otro. Creamos una realidad en la que cada segundo valía un beso y los minutos se medían en caricias, sonrisas y una que otra canción de moda. Éramos conscientes de que nuestras reglas —por llamarlas de algún modo— sólo servían para nosotros y por eso guardábamos silencio, aceptábamos el mundo de los demás y con él nuestras obligaciones. Aún cursábamos el último año del secundario cuando nuestra burbuja se vio invadida por el peso de una realidad incompatible.
—Nos vamos a Europa a fin de año —me dijo con lágrimas en los ojos y sujetando mi brazo con firmeza. Pregunté a nadie un «¿Nosotros?» que se detuvo en mis pensamientos. Entendí que ya no habría un nosotros y eso bastó para que cada palabra, cada ilusión y cada esperanza mutaran en llanto. Vi mis planes volverse un cuento inconcluso, un viaje de ensueño trunco por falta de combustible. Nos mentimos a la cara y nos besamos como nunca. Esa tarde hicimos el amor como si cada mes que nos separaba del destino fuera a durar más de lo normal, sólo inspirados por nuestro amor sincero. Pocas semanas más tarde ya no éramos novios ni amantes, tal vez tampoco amigos.
Tras su partida comprendí que ella había sido un sueño de amor eterno, de esos que uno no olvida jamás. Marcó mi vida a fuego y me enseñó a vivirla a su manera: siendo enemigo del tiempo, siempre.
lunes, 27 de febrero de 2012
Reina
Si soy momentos seré una pausa, dijo un día mi corazón. Sonrió a sus anchas, se irguió al instante y sacudió su pequeña presencia. Tomé en mis manos sus expectativas y lloré mostrando las encías con una risa sincera, de esas que nos abaratan la culpa. Fue la segunda vez que nos vimos y también cuando aprendimos a disfrazarnos de hoja en blanco.
Pasé noches en mi rostro y mirando por mis ventanas, sintiendo el cómo ser otro en base a lo que no quiero de mí. Jugué con letras y palabras al ritmo de la risa de turno, marcando mis límites de acuerdo a las reglas que fui encontrando en el camino. Corrí por un amplio castillo cargado de ilusiones huecas y sin sentido, de cuentos que sin magia pecan de incomprensibles y de canciones que aún esperan a quien las lleve de la mano. Me conté las mejores historias que podré alguna vez imaginar.
Con cientos de escapes en mi cabeza puse los pies sobre la tierra. Encontré un laberinto hermoso en el que me puse cómodo y ahí vivo hace unos meses, esperando. Con el barro te di forma y una que otra inquietud, pero sigo buscando el nombre que pueda vestir tu sonrisa. Sé que te amo y acá estoy. Evitándote.
jueves, 16 de febrero de 2012
Reset
Jugué con las últimas luces a dibujar su timidez. Entre líneas oí sus risas sobre mis hombros, burlándose de mi insistencia y sabiendo que todo intento sería en vano. Encontré su sombra entre mis miedos, escapándose como de costumbre.
Tomé con la mano derecha una pluma y comencé a describirla, jugando a sacarla de mi mente y así poder reconocerla. Siempre tan bella, tan diferente, de ojos sinceros y con una de esas máscaras que contagian seguridad. Escribí sobre su rostro como si me contara un sueño y me posé sobre sus labios antes de nadar en tristes ojos; ese fue el momento exacto en que perdí el rumbo.
Enojado conmigo mismo y tras perfumar la frustración con algunas medidas de whisky, dejé el cuaderno en un rincón maldiciéndolo en voz muy baja. Dormí inventando palabras, con la loca idea de encontrar al menos una que supiera definirla. Capturé una imagen nueva sin sentir sabor a olvido y, casi sin querer, las letras comenzaron a derramarse. Desperté solo, perdido, abstemio de las caricias que se perdieron en la noche.
¿Será que mi memoria está fallando? Tiempo atrás, recuerdo haber cerrado los ojos y haberme dejado llevar por las curvas de su encanto. Usé mis manos como guía y lentamente dibujé el mapa que sólo un par de mis sentidos tuvieron la gracia de comprender. La volví arcilla y mi invento; fue muñeca y juguete de una realidad que hoy no existe más que en algunos silencios, de esos que aparecen por sorpresa y con el viento.
Ese día me di un consejo: no mezclar jamás la vida con los recuerdos, pues el precio de ser un necio será siempre una sonrisa intermitente. Tomé un fósforo y lo encendí, acercándolo a mi pasado. Cuidadosamente entregué el cuaderno y segundos más tarde lo vi consumirse, sin medir las consecuencias que Morfeo me ayudó a minimizar. Cuando el papel se vio cenizas, escuché sonar el timbre.
Limpié rápidamente la escena del crimen y abrí una ventana, pues el olor del humo se había impregnado en el ambiente. En tres saltos hice contacto con el picaporte y pregunté quién era. Sin recibir respuesta abrí la puerta y la vi, sonriendo.
Ahí estaba, mi hoja en blanco.
jueves, 9 de febrero de 2012
Son todas iguales
¿Por qué debía seguir esperando? A esa altura de la noche, la leve sospecha de que sería plantado por una mujer había comenzado a disfrazarse de certeza. Una a una recolecté las señales y supe que esa no iba a ser mi mejor noche, tal vez tampoco la siguiente e incluso que nada retomaría su curso normal hasta la semana próxima.
Busqué una moza con la mirada pero nadie se acercó a satisfacerme. Tomé una servilleta y sequé con ella las brillantes gotas de sudor que ya habían conquistado mi frente y tomado parte de mi rostro. Sonreí como si alguien me prestara atención, diciéndome por dentro «todo va a estar bien, en algún momento ella va a mostrar su cara tan bonita y todo será un mal recuerdo» como si eso ayudara.
Me puse de pie buscando oxígeno y quitar la molestia de los ojos de las personas del lugar sobre mis hombros. «Pobre estúpido» los oía pensar, «hace ya dos horas que está acá mirando el techo, encontrándose cada tanto con un mal trago y la constante ilusión de que todo se va a solucionar de alguna forma». Las caras de los habitués del lugar lo decían todo. Incluso los empleados parecían encontrar normal todo este ritual y nadie me dijo nada cuando con un grito lancé mi teléfono celular al piso, sin recoger los pedazos después de tomar asiento.
Treinta minutos antes había llegado al límite y decidí que sólo iba a esperar otra media hora a que el destino tirara para mi lado. Pero antes de llegar al horario establecido, unos ojos azules me hablaron desde el lugar que sigilosamente habían ocupado del otro lado de la mesa, invitándome a jugar. Si bien no andaba de buena racha con las mujeres, siempre tuve en claro que hay que saber arriesgarse en el momento justo y con las mejores cartas, poniendo en juego todas las fichas siempre que fuera necesario.
Y ahí estaba yo, como un estúpido, esperándola otra vez de pie. El croupier contó hasta tres antes de mostrar la última carta, muy diferente a la sonrisa de mi amada. La rubia de ojos grandes festejó y sus dos reyes la llenaron de alegría, dejando fuera de combate mi par de damas y mi esperanza, que golpeada y algo asustada ya estaba esperando en el estacionamiento, rogando por volver a casa. Necesitaba descansar, besar a mi mujer y abrazar a mis hijos. Acostarme algunas horas y soñar en paz, otra vez con ella.
Es hermoso despertar sabiendo que son todas iguales.
miércoles, 1 de febrero de 2012
miércoles, 25 de enero de 2012
Mentira
Mi piel ya no sabrá cuántos de tus besos quedaron escondidos, ni que en un suspiro podría verlos renacer. Soy pura resignación, de la que vive inquieta peleando por no exigir; pura imaginación, de la que grita y se expresa pateando para existir.
Te encontré un día en otro rostro y con otras señas, queriéndome imaginar contigo en tu propia vida. Siempre lejana, vibrante, como nunca dejaste de ser, tan cercana y amenazante como la noche al atardecer.
Hoy te escribo y me sé fiel, sonriéndote en otros ojos. Ya no canto, soy murmullo de un recuerdo irreverente; tampoco sufro, soy la danza del ritmo de mis batallas.
Sos mis dudas, mis temores, cada una de mis faltas.
Te adjudico mis olvidos y este, mi adiós sincero.
martes, 3 de enero de 2012
Buenos días
Divagué para encontrarme conmigo y colgar mis preguntas al sol, pero tu sonrisa no hizo más que complicarme las cosas. Me obligó a destacarla en un mar de palabras necias y a seguir en el juego más divertido que pude presenciar en meses. La mañana siguiente, mi insomnio se amigó con tus palabras y, sin llegar nunca al empate, ambos logramos ganar.
Casi sin darme cuenta, la dulzura de tu voz se mezcló en mis canciones dándome en consecuencia ganas sin resolver. Ganas que en composé con los días se transformaron en deseos, para llegar al nivel de la fantasía y tocar a las puertas de un corazón confuso.
Con la voz, las manos temblando y una tarjeta gastada me enfrenté a mi peor enemigo sin vacilar. Casi diez horas medí al tiempo, desafiándolo con mis dudas y esquivándolo con mis sueños. Casi diez horas pude arrepentirme, pero eso nunca pasó: en el momento justo y sin pensarlo dos veces, me abrazaste.
Las letras se lucieron y te vistieron perfecta. Eras real y tan dulce como nunca sabrás mostrarlo, con ojos sinceros y una sonrisa que nadie debería borrar.
Fueron cuatro días hermosos donde cada caricia exploró un mundo y cada beso sembró calor sobre un campo de lo más sabroso. Ninguna situación fue un "adiós" y ningún silencio un "hasta luego".
A mi ritmo encontré el equilibrio y hoy te recuerdo como puedo, intentando entenderte mejor. No volviste a mis sueños y sé que no lo querés, pero entre mis musas siempre vas a destacar; con tu sonrisa, tus labios tan bellos y una luz escondida que tanto quiere contar, perfumaste mi almohada a la distancia contándome que te vas.
Cuando las noches son buenas y mi mente se pone a jugar, sigo planeando despertarte con la sonrisa en el mar.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Comevidas
Te gustó tanto jugar al tiempo que desapareciste al tercer abrazo con perfume nuevo. Llegaste a la loca idea del progreso personal y hasta tomaste rehenes por un tiempo pero, años más tarde, viste el botín desvanecerse en el aire.
Hoy preferís soñar despierto y usar la almohada como una pausa, planeás reuniones con la anticipación suficiente para encontrar excusas y cancelarlas a tiempo. Tus amigos juegan en el mismo laberinto y, con suerte, cada tanto los cruzás en un pasillo. Encontrás herramientas para romper las cadenas en canciones cada vez más alejadas y tu mochila, que aumenta su peso con el correr de las decisiones, te obliga a ordenarte.
Viviste los últimos diez años empequeñeciendo tu perspectiva y, cuando te quitaste las anteojeras, el mundo te dejó ciego, tonto y perdido.
Tus días, por raro que parezca, también duran veinticuatro horas y no las pocas que aseguraste alguna vez. Reiniciar tus hábitos no parece mala idea, encontrar un eje que sirva como fuente de energía y traiga aires de renovación puede resultar en unos cuantos días alegres.
El sol quiere entrar a cortar la oscuridad, pero vos no lo oís. Te cuesta mucho sacar las tablas que esconden las ventanas, pero con éstas libres tu cuerpo comienza a respirar un poquito más de realidad. La luz trae paz y baja hasta la tierra una mente que vuela con las horas.
Llevás en el cuello las marcas de un collar del que nunca te supiste dueño. Fue su ausencia la que te dejó pensar con claridad y un día, sin saberlo, las cicatrices se transformaron en esa experiencia que te enseñó a cerrar los libros.
Encontraste en las palabras un juguete nuevo, diferente y de poderoso consuelo. Hallaste gente que supo valorar los silencios de buen uso tanto como las iluminaciones espontáneas. ¿Por qué pasaste noches enteras entrenando unas ideas que nunca vas a dejar competir?
Te invito a jugar conmigo y con el tiempo, somos amigos hace algunas conclusiones. Pasarán días creyéndose unos pocos mates y horas que durarán semanas; es parte del juego y no tardaré en tomarte del brazo cuando asome la sensación de estar perdido.
A fin de cuentas, la experiencia se centra en eso: saber cuánto tardó, o sigue tardando, en aparecer aquella mano que sirva para sacarnos del pozo con la misma habilidad con que nos juegue pulseadas. En mi casa, por las dudas, los relojes siempre estarán adelantados.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Peekaboo
Caminamos una hora sin soltarnos la mano ni decirnos una palabra. Ella es hermosa y tiene una figura perfecta, ropa sobria y relajada como su actitud, una gran sonrisa.
Nos amamos tanto que ya nunca encontré una fórmula para recomenzar. Creímos saber tanto que nos costó horrores entender que faltaba mucho más.
Ella encendió un cigarrillo dulce y me invitó a pasear un poco más adentro. Soltó mi mano para tomarme del brazo, acercando sus caderas a las mías en un movimiento rápido y sincero.
—¿Cuánto más habrá que caminar? —dijo—. A veces el soñar hace las cosas más fáciles, nos lleva a los puntos clave del todo sin vueltas.
La vida, pensada como un sueño, se acerca mucho a la perfección. Clasificar los hechos por la experiencia que nos dejan y no por las sensaciones momentáneas puede ser muy importante a la hora del aprender.
Una experiencia, como el capítulo de una novela, nos deja tomar una pausa para intentar entenderla, almacenarla y con el correr del tiempo analizarla. Podríamos detenernos constantemente a releer algunos detalles buscando la prosa divina.
Para avanzar es necesario pasar por alto algunos detalles ganándole terreno a nuestros objetivos. También es interesante dejar margen a la sorpresa de quien relee, generando emociones que suman mucho a la crítica constructiva.
—Soñar de a dos es más fácil. El feedback nos ayuda a decidir el camino de nuestras ideas —solté con el humo.
Nuestras huellas habían comenzado a bocetar nuevos pensamientos al cruzar sus pisadas con las mías. Sus sonrisas se convirtieron en música y de a poco comenzamos una danza nueva.
—Abrazame —te animaste—. Quiero ver si es verdad lo que entiendo en esos ojos.
Por momentos, los abrazos se convierten en la caricia más transparente. Envían mediante el contacto una gran cantidad de deseos y sentires que tal vez nunca vuelvan a tocar el mundo.
Sobra con ser observador para entender que somos unos tontos. No nos animamos a dar el primer paso por un miedo que sabemos infundado.
La distancia entre un abrazo y un beso está sólo impuesta por las propias inseguridades. En muchos casos puede tratarse de una misma demostración de afecto, de una misma expresión del alma.
Hoy nuestros labios se estancaron en un cuento que los dos quisimos narrar. Tal vez mañana nos recordemos distintos y será normal; en cualquier caso habrá que diferenciar anécdota de un comienzo.
La clave es querer iniciar algo sin saber de qué se trata.